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[PODCAST] Detectar el abuso espiritual.

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Detectar el abuso espiritual.



[AUDIO] Meditación con la Diosa Kali: Liberación y destrucción.

Meditación con la Diosa Kali: Liberación y destrucción.
Meditaciones con las Diosas oscuras.
Fracción de “Mater Tenebris
Rev. Christian Ortiz, PhD.





Rev. Christian Ortiz, PhD.

Psicólogo, Master en religiones comparadas, Doctor en Filosofía de la Religión,  Sacerdote de la Diosa (Fraternidad de la Diosa), Kourete de la tradición Diánica, miembro de la Fellowship of Isis (FOI), miembro de la fundación C.G. Jung de Nueva York,  conferenciante de la Goddess Conference, certificado en sensibilización en Género (INMUJERES), especialista y diplomado en prevención y atención de violencia (UCC ELPAC). Conductor del programa SABER SANAR.

Continuidad y transformación de la Diosa en las eras indoeuropea y cristiana - Marija Gimbutas.


 Continuidad y transformación de la Diosa en las eras
indoeuropea y cristiana

por Marija Gimbutas



El resultado del choque entre las formas religiosas de la Vieja Europa y las foráneas indoeuropeas se hace evidente en el destronamiento de las antiguas Diosas, la desaparición de los templos, parafernalia de culto y signos sagrados, así como en la drástica reducción de las imágenes religiosas en las artes plásticas. Este empobrecimiento comenzó en el centro-este de Europa y, gradualmente, terminó afectando a toda Europa central. Las islas del Egeo y Creta, así como el centro y oeste de las regiones mediterráneas, continuaron las tradiciones de la Vieja Europa durante varios milenios más, pero lo esencial de la civilización se había perdido.

Esta transformación, sin embargo, no se realizó mediante sustitución de una cultura por otra, sino que fue una hibridación gradual de dos sistemas simbólicos diferentes. Dado que la idiología androcéntrica de los indoeuropeos era la de la nueva clase gobernante, ésta nos fue transmitida como el sistema de creencias “oficiales” más antigua; pese a ello, las imágenes y los símbolos sagrados de la Vieja Europa nunca fueron totalmente desplazados,; tales rasgos, los más persistentes de la historia humana, se encontraban arraigados muy profundamente en la psique colectiva y sólo podrían haber desaparecido con el exterminio total de la población femenina.




La religión de la Diosa se hundió; no obstante, alguna de las antiguas tradiciones, en particular las relacionadas con los ritos mortuorios, natales y de fertilidad de la tierra, continuaron sin demasiados cambios en algunas regiones donde, incluso, se rastrean en la actualidad; en otras, se asimilaron con la idiología indoeuropea.

En la Grecia antigua, esto creó en el panteón de los dioses indoeuropeos algunas extrañas imágenes, incluso absurdas, siendo la más notable la conversión de la Diosa Pájaro en Atenea, una figura militarizada que portaba un yelmo y un escudo; la creencia en su nacimiento de la cabeza de Zeus, el dios supremo de los indoeuropeos en Grecia, muestra hasta qué punto llegó la transformación: ¡¡ de diosa partenogénica a nacida de un dios !!. Y aún así, no es totalmente sorprendente, ya que Zeus era un toro (el Dios del Trueno es un Toro en el simbolismo europeo) y el nacimiento de Atenea de la cabeza de dicho animal no era otra cosa sino el recuerdo de un nacimiento a través de un bucráneo, el cual representaba al útero en el simbolismo de la Vieja Europa.

La portadora de la Muerte, la Diosa como Ave de Presa, se militarizó y ,a sí, las representaciones de la Diosa Búho, en estelas líticas de la Edad de Bronce en Cerdeña, Córcega, Liguria, S. de Francia y España, muestran una espada o una daga. La griega Atenea y las irlandesas Morrígan y Badb aparecen en escenas de batalla con forma de buitre, cuervo, grulla o grajo. La transformación de la misma Diosa en yegua también se produjo durante la Edad del Bronce.




Las diosas partenogénicas, las cuales engendran por sí mismas, sin ayuda de la inseminación masculina, como respuesta a un sistema patriarcal y patrilineal, se transformaron gradualmente en amantes, esposas e hijas de otros dioses, erotizándose al ser ensambladas en un principio de amor sexual; por ejemplo, la griega Hera se convirtió en la esposa de Zeus; incluso éste tuvo que “seducir” (si nos ajustamos a la exactitud histórica, podríamos utilizar el verbo “violar”) a cientos de otras diosas y ninfas para establecer su supremacía. En toda Europa, la Madre Tierra carecía del poder de dar vida a las plantas si no mantenía relaciones con el Dios del Trueno o del Cielo Brillante, en su aspecto de primavera.

En contraste, la Que Da la Vida y el Nacimiento, el Hado o los Tres Hados, sorprendentemente, continuaron sin variación alguna en las creencias de distintas zonas europeas; la griega Artemisa, la irlandesa Brigit y la báltica Laima, por ejemplo, no adquirieron característica alguna de dioses indoeuropeos ni fueron esposas de ninguno de ellos, y aunque la última aparece en las canciones mitológicas junto a Dievas, el dios indoeuropeo de la luz del cielo, bendiciendo los campos y la vida humana, no lo hace como su esposa, sino como otra diosa en igualdad de poder.

La aplicación del término reina para aquellas que no estaban emparejadas con deidades indoeuropeas y que continuaron siendo poderosas por derecho propio, indica un poder residual de la Diosa en la historia de la humanidad. Herodoto escribió “Reina Artemisa”, Hesiquio llamó a Afrodita “la reina” y la romana Diana, que no es otra que la virgen griega Artemisa, se invocaba como regina.

El culto a la Diosa, tanto en Roma como en Grecia, pervivió con gran vigor hasta los primeros siglos de nuestra era, hasta el momento de expansión del Cristianismo y de la adopción de los cultos egipcios por el mundo romano. EL relato más inspirado de toda la literatura antigua aparece en el Asno de oro, escrito por Lucio Apuleyo en el siglo II d.C.; se trata de la primera novela en latín, en la de Lucio invoca a Isis desde las profundidades de su tristeza, tras lo cual, aparece ella y le dice: “Yo soy la madre natural de todas las cosas, señora y rectora de todos los elementos, la progenie inicial de los mundos, poseedora de los poderes divinos, reina de todo lo que hay en el Infierno, señora de todos los que viven en el Cielo, que se manifiesta única y bajo una sola forma en nombre de todos los dioses y diosas. Dispongo a mi voluntad de los planetas del cielo, los saludables vientos de los mares y los omninosos silencios del infierno; mi nombre, mi divinidad, se adora por todo el mundo y de diversas maneras, con costumbres variables y bajo muchos nombres” (negrita añadida por la autora). Este texto aporta detalles muy valiosos del culto a la Diosa hace casi 2.000 años.

La invocación de Lucio es un testimonio de que, para las gentes de los primeros siglos de nuestra era, la Diosa tenía mayor significación que otros dioses. En el mundo greco-romano, las gentes, obviamente, no estaba satisfecha con lo que le ofrecía la religión oficial indoeuropea y, así, se practicaban cultos secretos – Religiones Mistéricas (Dionisíaca, Eleusiana)- que procedían de claramente de de la Vieja Europa y proporcionaban un modo de sentir las experiencias religiosas del pasado.

Posteriormente, ya en la era Cristiana, la Madre Tierra y la Diosa Parturienta se fusionaron en la Virgen María; así, no es sorprendente que en los países católicos su culto supere incluso al de Jesucristo. En ella existe aún una conexión con el agua vital y los milagrosos manantiales curativos, con los árboles y las flores, con los frutos y las cosechas; es Pura, Fuerte y Justa. En las esculturas populares en las que se le representa como la Madre de Dios, su imagen es grande y poderosa, mientras que, en su regazo lleva a un Niño Jesús muy pequeño.


Las Diosas de la Vieja Europa aparecen en narraciones populares, creencias y canciones mitológicas. La Diosa Pájaro y la antropomorfa Diosa Donante de Vida, pervivieron como un Hado o Hada y, también, con la forma de un ánade, un cisne o un carnero que trae suerte o fortuna; como profetisa, es un cuclillo y, como Madre Primitiva, aparece bajo la forma de un ciervo sobrenatural (mitología irlandesa) o de un oso (griega, báltica y eslava).

El culto a la serpiente no venenosa como símbolo de energía vital, renovación cíclica e inmortalidad, pervivió hasta el siglo XX; la mística de su hibernación y despertar, como metáfora de la naturaleza que muere y revive, como símbolo esencial de la inmortalidad de la energía vital, se conservó en Irlanda y en Lituania hasta nuestro siglo, donde la corona de una gran serpiente (la Reina) sigue siendo el símbolo de sabiduría.

La presencia de la Dama Blanca, la “Muerte”, la cual aparee en forma de ave de presa y de serpiente venenosa, se dejó sentir en distintos países de Europa hasta el presente siglo, a través de estremecedoras imágenes, como la de la mujer alta y vestida de blanco, el grito del ave nocturna y el reptar de una serpiente ponzoñosa, las cuales proceden directamente del Neolítico. La Dama Blanca no llegó a transformarse en el indoeuropeo dios negro de la muerte, al igual que la utilización del hueso y los colores blanco y amarillo, como símbolos luctuosos, convivieron en las creencias europeas conjuntamente con el negro, color de luto en las religiones indoeuropea y cristiana.

La Regeneradora-Destructora, supervisora de la energía cíclica, personificación del invierno y Madre de los Muertos, pasó a ser una hechicera de la noche, dedicada a la magia que, en tiempos de la Inquisición era considerada como discípulo de Satanás. La desentronización de esta Diosa verdaderamente formidable, cuyo legado fue transmitido a través de mujeres sabias, profetisas y curanderas –que eran las mejores y más valientes mentes de la época-, está manchada de sangre y es la mayor vergüenza de la Iglesia Cristiana: la caza de brujas de los siglos XV a XVII fue un acontecimiento de los más satánicos en la historia europea, llevado a cabo en nombre de Cristo; la ejecución de las mujeres acusadas de brujas ascendió a más de ocho millones y, la mayoría de ellas, colgadas o quemadas, eran, simplemente, mujeres que aprendieron la sabiduría y los secretos de la Diosas de sus madres o abuelas. En 1484, el Papa Inocencio VII denunció en una Bula Papal la brujería como una conspiración contra el Santo Imperio Cristiano, organizada por el ejército del Diablo y, en 1486, apareció el manual de los cazadores de brujas, el “Malleus Maleficarum” (El Martillo de las brujas) que se convirtió en una indispensable autoridad para el terror y el homicidio, ya que se permitía el uso de cualquier tortura física y psicológica para obtener la confesión de las acusadas. Este periodo puede jactarse de haber sido el de mayor creatividad en el descubrimiento de instrumentos y métodos de tortura. Éste fue el comienzo de peligrosas convulsiones de gobiernos androcráticos que, 460 años después, llegaron a su cenit en la Europa del este de Stalin, con la tortura y asesinato de cincuenta millones de hombres mujeres y niños.


A pesar de la terrible guerra entablada contra las mujeres y su sabiduría, así como la demonización de la Diosa, sus recuerdos pervivieron en cuentos de hadas, ritos y costumbres, incluso en distintas lenguas. Las colecciones de cuentos, como los alemanes de Grimm, son ricas en motivos prehistóricos que describen las funciones de esta Diosa del Invierno, Frau Holla (Holle, Hell, Holda, Perchta, etc...). Ella es la Vieja Bruja de nariz ganchuda y pelo desgreñado, cuya energía emana de los dientes y el pelo; provoca la nieve y las tempestades pero, a la vez, regenera la naturaleza la naturaleza; hace que el sol brille y, una vez al año, aparece en forma de paloma, lo que supone un acto de consagración que asegura la fertilidad. Como rana, Holla saca la manzana roja, símbolo de la vida, del pozo en el que cayó durante la cosecha y la trae de nuevo a la tierra. Su reino es el interior de las montañas y la profundidad de las cuevas (Holla, el nombre de la Diosa, y Höhle, que significa “cueva”, están claramente emparentados y, en su acepción actual, Hell es la acción de las misiones cristianas. A Holla, como Madre de los Muertos, se le hacían sacrificios consistentes en el enhornado de un pan llamado Hollenzopf, “la trenza de Holla”, durante las Navidades. El Holler o Hollunder, “el saúco”, era el árbol sagrado de la Diosa, el cual tenía poderes curativos y, debajo de él, vivían los muertos.

Esta poderosa Diosa juega aún un importante papel en las creencias que se conservan en relación con otras deidades femeninas europeas, como la báltica Ragana, la rusa Baba Yaga, la polaca Jedja, la servia Mora, Morava, la vasca Mari o la irlandesa Morrígan, lo cual demuestra que no fue borrada del mundo mítico. Hoy, es una inspiración para el renacer de la herbología y otras artes curativas, al mismo tiempo que alienta y fortalece la confianza en la mujer, mejor que ninguna que otra entre las diosas.

No hay duda de que las imágenes y los símbolos sagrados de la Vieja Europa siguen siendo una parte fundamental de la herencia cultural europea. La mayoría de nosotros, durante la infancia, estuvimos rodeados del mundo de las hadas, el cual contiene muchas imágenes transmitidas desde aquellos lejanos tiempos. En algunos rincones de Europa, como en mi país natal, Lituania, todavía fluyen los ríos y manantiales milagrosos y sagrados, florecen arboledas y bosques sacros que son prósperas reservas vitales, crecen retorcidos árboles rebosantes de vitalidad y con poderes curativos; a lo largo de los cursos de agua, todavía se mantienen en pie menhires, llamados “Diosas”, plenos de misterioso poder.

La cultura de la Vieja Europa fue la matriz en la que se engendraron creencias y prácticas muy posteriores; consecuentemente, no era fácil borrar recuerdos de un larguísimo pasado ginecocéntrico y, por ello, no es sorprendente que el principio femenino juegue un importantísimo papel en la visión subconsciente y en el mundo de la fantasía onírica; aquél, en terminología junguiana, sigue siendo “el depositario de la experiencia humana”, así como la “estructura profunda” y, para un arqueólogo, es una realidad histórica ampliamente documentada.